Lo que te perdiste de olvidar
Vos que nunca sabrás qué te perdiste de olvidar.
A mí que poco me interesa escribir mi autobiografía contrafáctica.
Me atrincheraré en el derrotero de los aplausos, en brazos que buscan algo que sostener por las noches.
Rocío con el kerosén del convencimiento, ese instante en que cruzaste la puerta, te pusiste a hablar y ya no pude estar ahí sin pensar en que estabas vos.
La aceptación es la chispa, y que arda la memoria, que para el caso es tan sólo el idioma de los rodeos que dí sobre mi eje de indecisión.
Maldita la voluntad de hablar con sonidos.
Únicamente confío en el reloj silencioso. El que siempre atrasa tanto como la nostalgia.
Las cosas se van ordenando con las manos que no tocan.
Hubiese adorado desesperar por lo que no fue, pero después de que haya sido algo.
El embrujo de esperar algo que pertenece a otra trama que no tiene mínima relación con la presente.
Quería tener que resignarme a ya no esperar nada, después de tener un preciso motivo para poder esperar... pero ni siquiera.
Maldito el segundo ese en que me animé a hablarte.
Desde aquella primer mirada supe que mis próximos descansos serían sin sueño.
Es levantarse cada mañana con la voluntad de encabezar una vanguardia de tus piernas,
una corriente artística de tus labios de la que ser único representante.
Creo encontrar la fórmula mágica de las palabras que conseguirían, inexorablemente, tu estremecimiento;
pero semejante cosa no se consigue con nada que pueda pronunciarse.
No son palabras lo que hace falta.
Así es que nada más consigo escritos que quedan a mitad de camino entre una poesía y el tacho de basura.
En ningún aspecto las habladurías tienen como destino la cama.
El insomnio que me dormita a cada rato no es por lo que pudo haber sido, sino por lo que no fue.
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